Rojo y negro
Rojo y negro Nada pudo vencer la vocación de Julien. Fouqué acabó por pensar que estaba un poco loco. El tercer día, muy temprano, Julien dejó a su amigo para ir a pasar el día entre las rocas de la elevada montaña. Volvió a la cuevecita, pero ya no tenía paz en el alma: se la habían arrebatado los ofrecimientos de su amigo. Igual que Hércules, se hallaba no entre el vicio y la virtud, sino entre la mediocridad, tras la que venía un bienestar garantizado, y todos los sueños heroicos de la juventud. «Así que no tengo una firmeza auténtica —se decía; y esa era la duda que más le dolía—. No tengo la madera con que se hacen los grandes hombres, ya que temo que si me paso ocho años ganándome el pan no se me quite en esos años la energía sublime que mueve a hacer las cosas más extraordinarias.»