Rojo y negro
Rojo y negro Asustaba a Julien pensar que pudiera acceder a su petición; aquel papel de seductor le resultaba tan agobiante que, si hubiese podido atender a sus inclinaciones, se habría retirado a su habitación para varios días y habría dejado de ver a las señoras. Se daba cuenta de que, con su comportamiento artificial de la víspera, había estropeado todas las estupendas apariencias del día anterior y no sabía, realmente, a qué santo encomendarse.
La señora de Rênal contestó con una indignación real y nada exagerada al impertinente anuncio que se atrevía a hacerle Julien. Él creyó ver desprecio en su breve respuesta. No cabe duda de que en esa respuesta, dicha muy por lo bajo, habían salido a relucir las palabras «quita allá». So pretexto de decirles algo a los niños, Julien fue a su cuarto y, cuando regresó, se sentó junto a la señora Derville y muy lejos de la señora de Rênal. Se privó así de cualquier posibilidad de cogerle la mano. La conversación fue seria y Julien salió muy bien del paso si no tenemos en cuenta unos pocos momentos de silencio en los que se devanaba los sesos. «¡Ojalá se me ocurriera alguna maniobra redonda —se decía— para obligar a la señora de Rênal a volver a mostrarme esas señales de afecto inequívocas que me movían a pensar hace tres días que era mía!»