Rojo y negro
Rojo y negro Tenía a Julien desconcertado a más no poder el estado casi desesperado al que había llevado sus asuntos. Nada, sin embargo, le habría resultado más embarazoso que el éxito.
Cuando todos se separaron a las doce, su pesimismo lo llevó a pensar que contaba con el desprecio de la señora Derville y que probablemente la situación no era mucho mejor con la señora de Rênal.
De muy mal humor y muy humillado, Julien no concilió el sueño. Estaba a mil leguas del pensamiento de renunciar a cualquier simulación y a cualquier proyecto y vivir el momento con la señora de Rênal, contentándose como un niño con la felicidad que le trajese cada día.
Se calentó la cabeza inventando maniobras muy elaboradas; un momento después le parecían absurdas; en pocas palabras, era muy desdichado cuando dieron las dos en el reloj del castillo.
Aquel ruido lo despertó como despertó a san Pedro el canto del gallo. Se vio en el preciso instante del suceso más penoso. No había vuelto a acordarse de su proposición impertinente desde el momento en que la había hecho; ¡había tenido tan mala acogida!