Rojo y negro
Rojo y negro Hubo cierto desorden. Julien se olvidó de sus vanos proyectos y volvió a su papel espontáneo: no agradar a una mujer tan encantadora le habrÃa parecido la mayor de las desdichas. No respondió a sus reproches sino arrojándose a sus pies y abrazándose a sus rodillas. Al hablarle ella con gran dureza, se echó a llorar.
Pocas horas después, cuando salió Julien del cuarto de la señora de Rênal, habrÃa podido decirse, por usar el estilo de las novelas, que ya no le quedaba nada por desear. Les debÃa, efectivamente, al amor que habÃa inspirado y la impresión imprevista que le habÃan producido tan seductores encantos, una victoria a la que no lo habrÃa llevado toda su habilidad, tan torpe.