Rojo y negro
Rojo y negro Incluso cuando no tuvo ya nada que negarle, apartaba a Julien realmente indignada para arrojarse luego en sus brazos. No había proyecto alguno en este comportamiento. Se creía condenada sin remisión e intentaba quitarse de delante la visión del infierno agobiando a Julien con las caricias más vehementes. En pocas palabras, de nada habría carecido la felicidad de nuestro héroe, ni siquiera de la sensibilidad ardiente de la mujer a la que acababa de seducir, si hubiera sabido gozar de ello. Que se fuera Julien no acabó con los arrebatos de la señora de Rênal, que la trastornaban sin que pudiera evitarlo, ni con sus combates con los remordimientos que la desgarraban.
«¡Dios mío! ¿Solo en esto consiste ser feliz y que lo amen a uno?» Eso fue lo primero que pensó Julien al volver a su cuarto. Se hallaba en ese estado de asombro y de turbación desasosegada en que cae el alma cuando acaba de conseguir lo que llevaba mucho deseando. Ha cogido la costumbre de desear, no encuentra ya qué desear y, sin embargo, aún no tiene recuerdos. Como el soldado que vuelve de la parada, Julien puso gran atención en el repaso de todos los detalles de su comportamiento. «¿No he faltado en nada a lo que me debo a mí mismo? ¿He interpretado bien mi papel?»
Y ¡qué papel! El de un hombre acostumbrado a ser brillante con las mujeres.