Rojo y negro
Rojo y negro Vio de pronto que la señora de Rênal fruncía el ceño; adoptó una expresión fría y desdeñosa; esa forma de pensar le parecía propia de un criado. Había crecido en la idea de que era muy acaudalada y le parecía cosa entendida que Julien también lo era. Lo quería mil veces más que a la vida y no importaba nada el dinero.
Distaba mucho Julien de adivinar esos pensamientos. Aquel ceño fruncido lo volvió a la tierra. Tuvo la suficiente presencia de espíritu para arreglar la frase y dar a entender a la noble señora sentada tan cerca de él en el banco de ramas y hojas que las palabras que acababa de repetir las había oído durante el viaje que había hecho a casa de su amigo el comerciante en madera. Era la forma de razonar de los impíos.
—Bien está, pues no vuelva a tratar con esa gente —dijo la señora de Rênal sin prescindir del todo del aspecto glacial que había sustituido de pronto a la expresión del cariño más vehemente.