Rojo y negro

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Capítulo XX. Los anónimos

Do not give dalliance

too much the rein; the strongest oaths are straw

to the fire i’ th’ blood.[17]

Tempest

Según salían del salón a eso de la medianoche, a Julien le dio tiempo de decirle a su amiga:

—No nos veamos esta noche; su marido sospecha algo; juraría que esa carta tan larga que leía suspirando es un anónimo.

Por fortuna, Julien echaba la llave de su cuarto. La señora de Rênal tuvo la loca ocurrencia de que ese aviso no era sino un pretexto para no verla. Perdió por completo la cabeza y a la hora de costumbre acudió a su puerta. Julien, que oyó ruido en el pasillo, apagó al momento la lámpara de un soplo. Alguien se esforzaba en abrir su puerta: ¿era la señora de Rênal? ¿Era un marido celoso?

Al día siguiente muy temprano la cocinera, que era una protectora de Julien, le trajo un libro en cuya tapa leyó estas palabras escritas en italiano: guardate alla pagina 130.


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