Rojo y negro
Rojo y negro Julien se estremeció por aquella imprudencia, buscó la página 130 y halló, prendida con un alfiler, la siguiente carta, escrita deprisa y corriendo, húmeda de lágrimas y sin asomo de ortografía. La señora de Rênal solía usarla con mucha corrección; a Julien lo conmovió ese detalle y se olvidó un poco de la tremenda imprudencia:
¿No has querido recibirme esta noche? Hay momentos en que me parece que nunca he leído en tu alma hasta el fondo. Me asustan tus miradas. Te tengo miedo. ¡Dios santo! ¿Será que no me has querido nunca? Si es así, que mi marido descubra nuestros amores y me encierre en el campo, en una cárcel perpetua, lejos de mis hijos. A lo mejor eso es lo que quiere Dios. No tardaré en morir. Pero tú serás un monstruo.
¿No me quieres, estás cansando de mis locuras y de mis remordimientos, impío? ¿Quieres perderme? Te proporciono una forma fácil. Ve y enseña esta carta por todo Verrières; o, más bien, enséñasela solo al señor Valenod, dile que te quiero, pero no, no pronuncies una blasfemia así; dile que te adoro, que la vida no empezó para mí hasta el día en que te vi; que en los momentos más atolondrados de mi juventud nunca soñé ni tan siquiera con esta felicidad que te debo a ti; que te he sacrificado mi vida; que te sacrifico mi alma. Tú sabes que te sacrifico mucho más.