Rojo y negro
Rojo y negro Pero ¿qué sabrá el hombre ese de sacrificios? Dile, dile para irritarlo que desafío a todos los ruines y que solo hay ya en el mundo una desgracia que pueda pasarme, la de ver que cambia el único hombre que me ata a la vida. ¡Qué felicidad para mí perderla, ofrecerla en sacrificio y no sentir ya temor alguno por mis hijos!
No lo dudes, amigo mío, si hay un anónimo viene de ese ser odioso que me ha estado persiguiendo seis años con su vozarrón, con el relato de sus saltos a caballo, con su fatuidad y la eterna enumeración de todas sus prendas.
¿Hay un anónimo? Eres un malo, eso era lo que quería hablar contigo; pero no, has hecho bien. Al estrecharte entre mis brazos, quizá por última vez, no habría podido en modo alguno tratar el asunto con frialdad de la misma forma que lo hago a solas. Desde este momento nuestra felicidad no va a ser tan fácil. ¿Será esto una contrariedad para usted? Sí, los días en que no haya recibido del señor Fouqué algún libro entretenido. Ya está hecho el sacrificio: mañana, haya habido o no haya habido un anónimo, yo también le diré a mi marido que he recibido un anónimo y que hay que ponerte la puente de plata, dar con un pretexto decente y mandarte sin demora a casa de tus padres.