Rojo y negro
Rojo y negro Desde el momento en que había abierto el anónimo, la existencia del señor de Rênal había sido espantosa. No había estado tan conmocionado desde un duelo que estuvo a punto de tener en 1816; y, si hay que hacerle justicia, diremos que la perspectiva, a la sazón, de que le metieran una bala en el cuerpo lo había hecho sentirse menos desdichado. Le daba vueltas a la carta por todos lados: «¿No es letra de mujer? —se decía—. Y, en tal caso, ¿de qué mujer?». Pasaba revista a todas las que conocía en Verrières, sin poder fijar sus sospechas en ninguna. ¿Habría dictado un hombre una carta como aquella? ¿Qué hombre? En esto, la incertidumbre era la misma; le tenían envidia y, seguramente, lo odiaban la mayoría de los hombres conocidos. «Tengo que consultar a mi mujer», se dijo por costumbre, levantándose del sillón en que estaba desplomado.
No bien estuvo de pie, dándose una palmada en la cabeza, dijo: «¡Cielo santo! De quien debo desconfiar sobre todo es de ella; ahora mismo, es mi enemiga». Y, con la ira, se le arrasaron los ojos en lágrimas.
En justa compensación a esa aridez de corazón en que consiste en provincias toda la sabiduría práctica, los dos hombres a quienes más temía el señor de Rênal eran sus dos amigos más íntimos.