Rojo y negro
Rojo y negro «Además de estos, es posible que tenga diez amigos.» Y les pasó revista, calibrando, según lo iba haciendo, el grado de consuelo que podrÃa hallar en cada uno de ellos. «¡A todos! —exclamó con rabia—. A todos les agradarÃa muchÃsimo mi espantosa aventura.» Por fortuna, se tenÃa por muy envidiado, y no sin motivo. Además de su espléndida casa en la ciudad, que el rey de… acababa de cubrir de honra para siempre durmiendo en ella, habÃa arreglado muy bien su castillo de Vergy. La fachada estaba pintada de blanco y en las ventanas habÃa unos postigos verdes muy bonitos. Pensar en esa magnificencia lo consoló por un instante. El caso era que ese castillo se divisaba a cuatro leguas de distancia, con gran menoscabo de todas las casas de campo o sedicentes castillos del vecindario, que conservaban el humilde color gris fruto del paso del tiempo.
El señor de Rênal podÃa contar con las lágrimas y la compasión de uno de sus amigos, el mayordomo de fábrica de la parroquia; pero se trataba de un estúpido que lloraba por todo. Aquel hombre era, no obstante, su último recurso.
«¿Hay desdicha que pueda compararse con esta mÃa? —exclamó con rabia—. ¡Qué aislamiento el mÃo!»