Rojo y negro
Rojo y negro «¿Será posible? —se decÃa este hombre, realmente digno de compasión—. ¿Será posible que en mi infortunio no tenga un amigo a quien pedir consejo? ¡Porque noto que se me descarrÃa la razón! ¡Ah, Falcoz! ¡Ah, Ducros!», exclamó con amargura. Eran los apellidos de dos amigos de la infancia a los que habÃa alejado con su altivez en 1814. No eran nobles y él habÃa querido prescindir del nivel de igualdad en que llevaban viviendo desde la infancia.