Rojo y negro

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Uno de ellos, Falcoz, hombre inteligente y de corazón, comerciante de papel en Verrières, compró una imprenta en la cabeza de partido y empezó a editar un periódico. La Congregación resolvió arruinarlo: condenaron el periódico y le quitaron la patente de impresor. En tan tristes circunstancias, intentó escribir al señor de Rênal por primera vez desde hacía diez años. Al alcalde de Verrières le pareció oportuno contestar, como un antiguo romano: «Si el ministro del rey me hiciera el honor de consultarme, le diría: arruine sin compasión a todos los impresores de provincias y convierta la imprenta en un monopolio, como lo es el tabaco». El señor de Rênal recordaba horrorizado las palabras de esa carta a un amigo íntimo, que todo Verrières admiró en su momento. «¿Quién me iba a decir que, con mi rango y mi fortuna, con mis condecoraciones, iba a arrepentirme un día?» En estos arrebatos de ira, a veces contra sí mismo y a veces contra todo cuanto lo rodeaba, pasó una noche espantosa; pero, por fortuna, no se le ocurrió espiar a su mujer.







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