Rojo y negro

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Se le ocurrió una idea muy sensata, pero llevarla a cabo exigía una fortaleza de carácter muy superior a la poca con que contaba el pobre hombre. «Si sigo con mi mujer —se dijo—, me conozco; un día, en un momento en que me haga perder la paciencia, le echaré en cara su culpa. Es orgullosa; reñiremos; y todo eso ocurrirá antes de que haya heredado de su tía. ¡Cuánto se burlarán de mí entonces! Mi mujer quiere a sus hijos; al final, todo será para ellos. Pero yo seré la comidilla de Verrières. ¡Cómo!, dirán, ¡ni siquiera ha sabido vengarse de su mujer! ¿No me valdría más atenerme a sospechar y no comprobar nada? Entonces me ato de manos, no podré más adelante reprocharle nada.»

Un momento después, el señor de Rênal, presa de nuevo de la vanidad herida, se recordaba a sí mismo laboriosamente todos los sistemas citados en el billar del Casino o Círculo Noble de Verrières cuando algún pico de oro interrumpe la eliminatoria para reírse a costa de un marido engañado. ¡Qué crueles le parecían ahora esas gracias!





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