Rojo y negro
Rojo y negro «¡Dios!, y ¿por qué no se habrá muerto mi mujer? Entonces serÃa invulnerable ante el ridÃculo. ¡Ojalá fuera viudo! Me irÃa seis meses a ParÃs y me moverÃa en los ambientes más selectos.» Tras ese momento de felicidad que le proporcionó pensar en la viudedad, volvió a su imaginación a los medios para hacerse con la verdad. ¿EsparcirÃa a medianoche, cuando estuviera acostado todo el mundo una fina capa de serrÃn por delante de la puerta del cuarto de Julien y verÃa a la mañana siguiente, con la luz del dÃa, las huellas de sus pasos?
«Pero ese sistema es muy malo —exclamó de repente con rabia—; la bribona de Élisa se darÃa cuenta y no tardarÃa en saberse en la casa que estoy celoso.»
En otra historia contada en el Casino, un marido se habÃa hecho con la seguridad de su desgracia pegando con un poco de cera un pelo que cerraba como si fuera un sello la puerta de su mujer y la del galán.
Al cabo de tantas horas de incertidumbre, este medio de aclarar cuál era su suerte le estaba pareciendo definitivamente el mejor y se planteaba recurrir a él cuando, al revolver del recodo de un paseo, se encontró con esa mujer a quien le habrÃa gustado ver muerta.