Rojo y negro

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Volvía del pueblo. Había ido a misa a la iglesia de Vergy. Una tradición muy dudosa desde el punto de vista de un filósofo desapasionado, pero en la que ella creía, asegura que la iglesita que está ahora en uso fue la capilla del castillo del señor de Vergy. Esta idea tuvo obsesionada a la señora de Rênal todo el tiempo que pensaba pasar rezando en esa iglesia. No dejaba de imaginarse a su marido matando a Julien, como si fuera un accidente de caza, y luego, por la noche, dándole de cenar a ella su corazón.

«Mi destino —se dijo— depende de lo que piense cuando me oiga. Tras ese rato fatal, a lo mejor no hallo ya otra ocasión de hablarle. No es una persona sensata ni que se rija por la razón. Así que podría, con la ayuda de mi débil razón, prever lo que vaya a hacer o a decir. Él decidirá cuál va a ser nuestro destino común; suyo es el poder de hacerlo. Pero ese destino depende de mi habilidad para orientarle las ideas a ese fantasioso, al que ciega la ira, impidiéndole ver la mitad de las cosas. ¡Santo Dios! Necesito talento y sangre fría; ¿de dónde voy a sacarlos?»

Recobró la calma como por ensalmo al entrar en el jardín y ver de lejos a su marido. El pelo y la ropa revueltos anunciaban que no había dormido.

Le entregó una carta abierta, pero doblada. Él, sin abrirla, miraba a su mujer con ojos dementes.


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