Rojo y negro
Rojo y negro —Es esta una abominación —le dijo— que un hombre con muy mala facha, que asegura que lo conoce y que le está agradecido, me ha entregado según pasaba por delante del jardÃn del notario. Le exijo una cosa, y es que les devuelva a sus padres, y sin demora, al señor Julien este.
La señora de Rênal se apresuró a decir esta frase un poco antes, quizá, del momento oportuno, para librarse de la espantosa perspectiva de tener que decirla.
Se adueñó de ella la alegrÃa al ver la que causaba a su marido. Por la fijeza de la mirada que clavaba en ella, se dio cuenta de que Julien habÃa atinado. En vez de afligirla esa desgracia tan real, pensó: «¡Qué talento! ¡Qué tacto tan perfecto! ¡Y además en un joven sin experiencia alguna! ¡A dónde no va a llegar más adelante! ¡Ay! Sus éxitos harán que se olvide de mû.
Este breve acto de admiración por el hombre al que adoraba la hizo restablecerse por completo de su turbación.
Se congratuló del paso que habÃa dado. «No he sido indigna de Julien», se dijo con una voluptuosidad dulce e Ãntima.