Rojo y negro
Rojo y negro Sin decir palabra, por temor a comprometerse, el señor de Rênal examinaba el segundo anónimo, compuesto, como recordará el lector, de palabras impresas pegadas en un papel de color tirando a azul. «Se están riendo de mà de todas las formas habidas y por haber», se decÃa el señor de Rênal, agobiado de cansancio.
«Más injurias que examinar, y siempre por culpa de mi mujer.» Estuvo a punto de colmarla de los insultos más soeces: le costó calmarse con la perspectiva de la herencia de Besançon. Acuciado por el deseo de arremeter contra algo, arrugó el papel del segundo anónimo y empezó a pasear a zancadas; necesitaba alejarse de su mujer. Pocos momentos después, volvió, más sereno, a su lado.
—Lo que hay que hacer es tomar una determinación y despedir a Julien —le dijo ella en el acto—; a fin de cuentas, no es sino el hijo de un operario. Lo puede usted indemnizar con unos cuantos escudos; y además sabe mucho y no le costará encontrar colocación. En casa del señor Valenod, por ejemplo, o en casa del subprefecto De Maugiron, que tienen hijos. Y asà no le causará perjuicio…