Rojo y negro
Rojo y negro —¡Acaba de hablar como una tonta, porque eso es lo que es usted! —exclamó el señor de Rênal con voz tremenda—. ¿Qué sentido común se puede esperar de una mujer? Nunca se fijan en las cosas sensatas. ¿Cómo iban a saber algo? Con esa indolencia y esa pereza suyas solo se mueven para cazar mariposas; criaturas débiles y que tenemos la desgracia de tener en nuestras familias…
La señora de Rênal lo dejaba hablar; y estuvo hablando mucho rato; estaba echando fuera el enfado, como se decÃa en la comarca.
—Señor mÃo —le dijo por fin—. Hablo como una mujer ultrajada en su honor, es decir, en lo más valioso que tiene.
La señora de Rênal mostró una sangre frÃa inalterable en el curso de toda esa penosa conversación de la que dependÃa la posibilidad de seguir viviendo bajo el mismo techo que Julien. Buscaba las ideas que le parecÃan más adecuadas para encaminar la ira ciega de su marido. No la habÃan afectado ninguno de los comentarios injuriosos que le habÃa hecho, no los escuchaba, estaba pensando en Julien: «¿Quedará contento de mÃ?».