Rojo y negro
Rojo y negro —Es un joven que carece de tacto —replicó la señora de Rênal—. Puede ser que sepa muchas cosas, pero en el fondo es un auténtico labriego. En lo que a mà se refiere, nunca he tenido buena opinión de él desde que no quiso casarse con Élisa; era dinero seguro. Y todo porque alegaba que Élisa de vez en cuando, en secreto, iba a ver al señor Valenod.
—¡Ah! —dijo el señor de Rênal arqueando exageradamente las cejas—. ¿Cómo? ¿Eso le ha dicho Julien?
—No asà exactamente: siempre me habló de la vocación que lo llama al sagrado ministerio; pero, créame, la primera vocación para esas personas del vulgo es tener pan. Me daba a entender de forma bastante clara que estaba al tanto de esas visitas secretas.
—Y ¡yo que no sabÃa nada de ellas! —exclamó el señor de Rênal, a quien le volvió toda la ira, recalcando las palabras—. Suceden en mi casa cosas que ignoro… ¡Cómo! ¿Ha habido algo entre Élisa y Valenod?
—Vaya, si es agua pasada, mi buen amigo —dijo la señora de Rênal riéndose—; y es posible que la cosa no fuera a mayores. Eran los tiempos en que a su querido amigo Valenod no le habrÃa importado que pensasen en Verrières que estaba naciendo entre él y yo un amorÃo completamente platónico.