Rojo y negro
Rojo y negro —¡Hubo una ocasión en que lo llegué a pensar! —exclamó el señor de Rênal, dándose golpes rabiosos en la cabeza y yendo de descubrimiento en descubrimiento—. Y ¿no me dijo usted nada?
—¿DebÃa enemistar a dos amigos por un arrechucho de vanidad de nuestro querido director? ¿Hay alguna mujer de la buena sociedad a la que no haya enviado unas cuantas cartas muy ingeniosas e incluso un tanto galanteadoras?
—Y¿a usted se las escribió?
—Es muy dado a escribir.
—¡Enséñeme esas cartas en el acto, es una orden!
Y el señor Rênal creció seis pies de estatura.
—Me guardaré muy mucho de hacerlo —fue la respuesta que recibió, de una suavidad que frisaba casi la indolencia—. Algún dÃa se las enseñaré cuando sea más sensato.
—¡En el acto, por vida de…! —exclamó el señor de Rênal, trastornado de ira y, sin embargo, más feliz de lo que habÃa sido en las últimas doce horas.
—¿Me jura que nunca tendrá un enfrentamiento con el director del depósito por culpa de esas cartas? —le preguntó muy solemne la señora de Rênal.
—Con o sin enfrentamiento, puedo quitarle los niños expósitos. Pero —siguió diciendo furiosÃsimo— quiero esas cartas en el acto. ¿Dónde están?