Rojo y negro

Rojo y negro

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—En un cajón de mi secreter; pero, desde luego, no pienso darle la llave.

—¡Bien sabré yo forzarlo! —exclamó él, corriendo hacia el cuarto de su mujer.

Y forzó, efectivamente, con una barra de hierro, un valioso secreter de caoba de caracolillo que solía frotar frecuentemente con un faldón del frac cuando creía ver en él alguna mancha.

La señora de Rênal había subido corriendo los ciento veinte peldaños del palomar; estaba atando el pico de un pañuelo blanco a uno de los barrotes del ventanuco. Era la mujer más dichosa del mundo. Con los ojos llenos de lágrimas miraba en dirección a los poblados bosques de la montaña. «Seguramente —se decía— Julien estará debajo de una de esas hayas frondosas, al acecho de esta señal venturosa.» Estuvo mucho rato aguzando el oído y, luego, maldijo el ruido monótono de las cigarras y el canto de los pájaros. Sin ese ruido importuno un grito de alegría salido de las elevadas rocas habría podido llegar hasta allí. Con mirada ávida devoraba aquella pendiente gigantesca de vegetación oscura y uniforme como un prado que forman las cimas de los árboles. «¿Cómo no tiene la ocurrencia de inventar alguna señal para decirme que su felicidad iguala a la mía?», se dijo, muy enternecida. No bajó del palomar hasta que empezó a temer que su marido fuera a buscarla.


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