Rojo y negro
Rojo y negro Lo encontró furioso. LeÃa por encima las frases anodinas del señor Valenod, que no tenÃan costumbre de que nadie las leyese tan alterado.
Aprovechando un momento en que las exclamaciones de su marido le daban una oportunidad de hacerse oÃr, la señora de Rênal le dijo:
—Sigo con mi idea de que es conveniente que Julien haga un viaje. Por mucho talento para el latÃn que tenga, no deja de ser un campesino que en muchas ocasiones resulta zafio y carente de tacto; todos los dÃas, pensando que es cortés, me hace unos cumplidos exagerados y de mal gusto que se aprende de memoria en alguna novela…
—¡Si nunca lee novelas! —exclamó el señor de Rênal—. Ya me he asegurado de ello. ¿Cree acaso que soy un señor de mi casa ciego y que no sabe nada de que pasa en ella?
—Pues bien, si no lee en ninguna parte esos cumplidos ridÃculos, se los inventa, y eso lo honra menos todavÃa. Habrá hablado de mà con ese tono en Verrières… y, sin ir tan lejos —dijo la señora de Rênal con expresión de haber descubierto algo—, habrá hablado asà delante de Élisa: es casi como si hubiera hablando delante del señor Valenod.