Rojo y negro
Rojo y negro —¡Ah! —exclamó el señor de Rênal, haciendo temblar la mesa y la habitación con uno de los puñetazos mayores que nunca haya pegado nadie—. ¡El anónimo con palabras de imprenta y las cartas del Valenod están escritas en el mismo papel!
«¡Por fin…!», pensó la señora de Rênal; se mostró aterrada ante aquel descubrimiento y, sin tener valor para decir ni una palabra más, fue a sentarse a distancia, en el sofá del fondo del salón.
La batalla ya estaba ganada; le costó mucho impedir que el señor de Rênal fuera a hablar con el supuesto autor del anónimo.
—¿Cómo no se da cuenta de que hacerle una escena al señor Valenod sin pruebas suficientes es la más insigne de las torpezas? Lo envidian a usted, caballero; ¿quién tiene la culpa? Pues sus prendas. Su sabia administración, sus edificios de tan buen gusto, la dote que yo le traje y, sobre todo, la herencia considerable que podemos esperar de mi buena tÃa, herencia a la que se le presta una importancia exageradÃsima, han hecho de usted la persona principal de Verrières.
—Se olvida de mi estirpe —dijo el señor de Rênal esbozando una sonrisa.