Rojo y negro

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—Lo que pienso, mi buen amigo —siguió diciendo, sonriente, la señora de Rênal—, es que voy a ser más rica que usted, que llevo doce años siendo su compañera y que, por todo ello, tengo que tener voz en el capítulo, y sobre todo en este asunto de hoy. Si prefiere usted a un tal señor Julien antes que a mí —añadió con despecho mal disimulado—, estoy dispuesta a ir a pasar el invierno a casa de mi tía.

Esa frase fue dicha con gran tino. Había en ella una firmeza que intentaba rodearse de cortesía; decidió al señor de Rênal. Pero, como sucede en provincias, estuvo aún mucho rato hablando y volvió a esgrimir todos sus argumentos; su mujer lo dejaba hablar, todavía quedaba ira en su acento. Por fin, dos horas de parloteo inútil le dejaron agotadas las fuerzas a ese hombre que se había pasado toda la noche en un ataque de ira. Determinó la línea de conducta a que iba a atenerse con el señor Valenod, con Julien e incluso con Élisa.







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