Rojo y negro
Rojo y negro En lo que duró esa magna escena, la señora de Rênal estuvo un par de veces a punto de sentir cierta simpatía por la desdicha, real a más no poder, de ese hombre por el que había sentido afecto doce años. Pero las pasiones verdaderas son egoístas. Por lo demás, esperaba a cada momento la confesión de que había recibido un anónimo la víspera y esa confesión no llegó. Para que la señora de Rênal se notase completamente segura le faltaba estar enterada de las ideas que habían podido meterle en la cabeza al hombre de quien dependía su suerte. Pues, en provincias, los maridos son amos y señores de la opinión. Un marido que se queja se cubre de ridículo, que es algo que cada vez entraña menos peligros en Francia; pero su mujer, si él no le da dinero, queda reducida al estado de operaria a setenta y cinco céntimos por hora; y además para las personas de bien será un cargo de conciencia darle trabajo.
La odalisca de un harén puede pese a todo amar al sultán; es todopoderoso, a ella no le cabe esperanza alguna de menoscabar su autoridad con una sucesión de argucias sutiles. La venganza del amor es terrible, sangrienta, pero militar y generosa, una puñalada pone fin a todo. Pero es a puñaladas de desprecio público como mata un marido a su mujer en el siglo XIX; es cerrándole las puertas de todos los salones.