Rojo y negro

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La sensación de peligro acuciante se le despertó a la señora de Rênal cuando regresó a su cuarto; la escandalizo el desorden en que se encontró la habitación. Estaban rotas las cerraduras de todos sus preciosos cofrecitos y levantadas varias tablas de la tarima. «¡No habría tenido compasión de mí! —se dijo—. ¡Estropear así ese parqué de madera de color, que tanto le gusta! Cuando uno de los niños entra con los zapatos húmedos se pone encarnado de rabia. Pues ¡ya está estropeado para siempre!» Ver esa violencia alejó enseguida los últimos reproches que se estaba haciendo por su victoria demasiado rápida.

Poco antes de la campana del almuerzo, volvió Julien con los niños. A los postres, cuando ya se hubieron retirado los criados, la señora de Rênal le dijo, muy seca:

—Me ha manifestado el deseo de ir a pasar quince días en Verrières. El señor de Rênal tiene a bien concederle una licencia. Puede irse cuando le parezca bien. Pero, para que los niños no pierdan el tiempo, le enviaremos a diario sus ejercicios de traducción al latín, para que los corrija.

—Por descontado —dijo el señor de Rênal, con tono muy agrio—, no pienso concederle más de una semana.

Julien le vio en la cara la intranquilidad de un hombre muy mortificado.


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