Rojo y negro
Rojo y negro —TodavÃa no ha adoptado un partido —le dijo a su amiga en un momento en que estuvieron a solas en el salón.
La señora de Rênal le contó rápidamente todo lo que habÃa hecho desde por la mañana.
—Los detalles a la noche —le dijo riéndose.
«¡Perversidad femenina! —pensó Julien—. ¿Qué placer, qué instinto las incita a engañarnos?»
—Me parece que su amor la alumbra, pero también la ciega —le dijo con cierta frialdad—. Su comportamiento de hoy ha sido admirable; pero ¿es prudente que intentemos vernos esta noche? Esta casa está enladrillada de enemigos; acuérdese del odio vehemente que me tiene Élisa.
—Ese odio se parece mucho a una indiferencia vehemente que quizá tenga usted por mÃ.
—Incluso indiferente, tengo que salvarla del peligro en que la he puesto. Si el azar quisiera que el señor de Rênal hablase con Élisa, una palabra suya puede ponerlo al tanto de todo. ¿Por qué no iba a esconderse cerca de mi habitación, bien armado…?
—¡Cómo! Ni siquiera es valiente —dijo la señora de Rênal con toda la altanerÃa de una descendiente de nobles.