Rojo y negro
Rojo y negro El hombre tocó una campanilla. Julien no había perdido sino el uso de la vista y la fuerza para moverse; oyó que se acercaban unos pasos.
Lo levantaron, lo colocaron en el silloncito de madera de pino. Oyó que el hombre terrible le decía al portero:
—Parece mal caduco; lo que nos faltaba.
Cuando Julien pudo abrir los ojos, el hombre de la cara encarnada seguía escribiendo; el portero se había esfumado. «Hay que ser valiente —se dijo nuestro héroe— y, sobre todo, ocultar lo que siento.» Le venían fuertes arcadas. «Si me ocurre un accidente, Dios sabe qué pensarán de mí.» Por fin, el hombre dejó de escribir y, mirando a Julien de reojo, le preguntó:
—¿Está en condiciones de responderme?
—Sí, padre —dijo Julien con voz débil.
—¡Ah! Menos mal.
El hombre negro se había incorporado a medias y buscaba con impaciencia una carta en el cajón de la mesa de pino, que chirrió al abrirse. La encontró, se sentó despacio y, mirando de nuevo a Julien, con una expresión que parecía que iba a arrebatarle la poca vida que le quedaba, le dijo:
—Me lo recomienda el padre Chélan; era el mejor párroco de la diócesis, un hombre virtuoso donde los haya y amigo mío desde hace treinta años.