Rojo y negro
Rojo y negro Le solicito una beca para Julien Sorel; la merecerá llevando a cabo los exámenes necesarios. Le he enseñado algo de teología, esa teología antigua y sana de los Bossuet, los Arnault, los Fleury. Si el individuo no le parece bien, vuelva a mandármelo; el director del depósito de mendicidad, a quien conoce bien, le ofrece ochocientos francos para que sea preceptor de sus hijos. Estoy tranquilo en mi fuero interno, a Dios gracias, me voy acostumbrado al terrible golpe. Vale et me ama.
—Está tranquilo, efectivamente —dijo—. Su virtud se merecía efectivamente esa recompensa. ¡Pueda Dios otorgármela llegado el caso!
Miró al cielo y se santiguó. Al ver esa señal sagrada, Julien notó que le disminuía el hondo espanto que, desde que había entrado en aquella casa, lo había tenido transido de frío.
—Tengo aquí trescientos veintiún aspirantes al estado más santo —dijo por fin el padre Pirard con tono de voz severo, pero no malévolo—; solo a siete u ocho me los han recomendado hombres como el padre Chélan; de forma tal que, entre los trescientos veintiuno, usted será el noveno. Pero mi protección no es ni trato de favor ni debilidad, es un incremento del celo y la severidad contra los vicios. Vaya a cerrar esa puerta con llave.