Rojo y negro

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Julien hizo un esfuerzo para andar y consiguió no caerse. Se fijó en que una ventanita que estaba junto a la puerta de entrada daba al campo. Miró los árboles; esa vista le sentó bien, como si hubiera divisado a unos antiguos amigos.

—Loquerisne linguam latinam (¿Habla latín?) —le dijo el padre Pirard, según volvía.

—Ita, pater optime (Sí, mi excelente padre) —respondió Julien, volviendo algo a su ser. Huelga decir que, desde hacía media hora, ningún hombre le había parecido menos excelente en el mundo.

La conversación continuó en latín. La expresión de los ojos del sacerdote se iba ablandando; Julien recobraba en parte la sangre fría. «¡Qué débil soy al dejar que me impresionen estas apariencias de virtud! —pensaba—. Este hombre será un granuja, igual que el padre Maslon.» Y se congratuló por haber escondido en las botas casi todo el dinero que llevaba.

El padre Pirard examinó de teología a Julien; lo dejó sorprendido cuánto sabía. Se asombró aún más cuando le preguntó en particular por las Sagradas Escrituras. Pero cuando llegó a las preguntas acerca de la doctrina de los Padres, se dio cuenta de que Julien casi ignoraba por completo incluso nombres como los de san Jerónimo, san Agustín, san Buenaventura, san Basilio, etc.


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