Rojo y negro

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A la mañana siguiente, muy temprano, Julien se encaminó a la catedral con los ojos bajos. El aspecto de las calles y la actividad que empezaba a haber en ellas le sentaron bien. Por todas partes estaban colocando colgaduras en la fachada de las casas para la procesión. Todo el tiempo que había pasado en el seminario no le pareció ya sino un instante. Tenía el pensamiento en Vergy y en aquella Amanda Binet tan guapa y con quien podía encontrarse porque su café no caía demasiado lejos. Divisó a distancia al padre Chas-Bernard en la puerta de su querida catedral; era un hombre grueso, de cara regocijada y aspecto franco. Ese día tenía una expresión triunfal:

—Estaba esperándolo, mi querido hijo —exclamó no bien divisó a Julien—. ¡Bienvenido sea! La tarea de hoy será larga y ardua. Saquemos fuerzas de un primer almuerzo; el segundo llegará a las diez, durante la misa mayor.

—Deseo, padre —le dijo Julien con solemnidad—, no quedarme solo ni un segundo; tenga la bondad de fijarse —añadió indicando el reloj que tenían por encima de las cabezas— en que he llegado a las cinco menos un minuto.



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