Rojo y negro

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—¡Ah, le tiene miedo a esa gentecilla malvada del seminario! En demasiada consideración los tiene —dijo el padre Chas—: ¿es menos hermoso un sendero porque los setos de los lados tengan espinas? Los viajeros hacen camino y dejan a las espinas malvadas consumirse sin moverse del sitio. Pero ¡manos a la obra, mi querido amigo, manos a la obra!

El padre Chas estaba en lo cierto al decir que la tarea iba a ser ardua. La víspera se había celebrado una magna ceremonia fúnebre en la catedral y no había sido posible preparar nada; así pues, en una sola mañana había que vestir todas las pilastras góticas que constituyen las tres naves con algo así como unos ropajes de damasco rojo que llegaban a treinta pies de altura. El señor obispo había traído en la mala del correo a cuatro tapiceros de París, pero esos caballeros no podían dar abasto con todo y, lejos de dar ánimos a sus colegas de Besançon, más torpes, conseguían que esa torpeza fuera a más al reírse de ellos.






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