Rojo y negro

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Julien vio que tenía que subirse en persona a las escaleras; su agilidad le fue de mucho provecho. Tomó a su cargo la dirección de los tapiceros de la ciudad. El padre Chas, encantado, lo miraba revolotear de escalera en escalera. Cuando todas las pilastras estuvieron forradas de damasco, tocó colocar cinco plumeros gigantescos en el enorme baldaquín que había encima del altar mayor. Ocho columnas salomónicas de gran tamaño, de mármol de Italia, sostenían un rico remate de madera dorada. Pero, para llegar al centro del baldaquín, encima del tabernáculo, había que andar por una cornisa vieja de madera, que quizá estaba carcomida, a cuarenta pies de altura.

El aspecto de aquel dificultoso camino había dado al traste con el buen humor, tan chispeante hasta entonces, de los tapiceros parisinos: miraban desde abajo, comentaban mucho y no subían. Julien cogió los plumeros y subió corriendo la escalera. Los colocó a la perfección en el remate en forma de corona, en el centro del baldaquín. Según bajaba de la escalera, el padre Chas-Bernard le dio un abrazo.

—Optime —exclamó el buen sacerdote—; se lo referiré a su ilustrísima.

El almuerzo de las diez fue muy alegre. El padre Chas nunca había visto su iglesia más hermosa.


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