Rojo y negro
Rojo y negro —Querido discÃpulo —le decÃa a Julien—, mi madre cobraba el alquiler de las sillas en esta venerable basÃlica, asà que me crie en este gran edificio. El Terror de Robespierre nos arruinó, pero, con los ocho años que tenÃa yo entonces, ayudaba ya en misas en domicilios particulares; y el dÃa de la misa estaba mantenido. Nadie se daba más maña que yo para doblar una casulla; nunca se tazaban los galones. Desde que Napoleón restableció el culto, he tenido la dicha de dirigirlo todo en esta venerable metrópolis. Cinco veces al año la ven mis ojos engalanada con estos adornos tan hermosos. Pero nunca estuvo tan deslumbradora, nunca estuvieron tan bien sujetos los paños de damasco ni tan pegados a las pilastras.
«Por fin va a contarme su secreto —pensó Julien—; me está hablando de él; se está explayando.» Pero nada imprudente dijo ese hombre tan visiblemente exaltado. «Y, sin embargo, ha trabajado mucho; es feliz —se dijo Julien—: no se ha escatimado el buen vino. ¡Qué hombre! Qué ejemplo para mÃ; ¡se lleva la flor! (Era un dicho coloquial que habÃa aprendido del anciano cirujano.)»
Al sonar el Sanctus de la misa mayor, Julien quiso coger una sobrepelliz para acompañar al obispo en la soberbia procesión.