Rojo y negro

Rojo y negro

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—¿Y los ladrones, amigo mío, y los ladrones? —exclamó el padre Chas—. ¡Cómo se le ocurre! Va a salir la procesión, la iglesia se quedará desierta; usted y yo vigilaremos. Podremos considerarnos afortunados si solo nos faltan unos cuantos metros de ese galón tan bonito que rodea el pie de las pilastras. Fue también una donación de la señora de Rubempré; procede del famoso conde, su bisabuelo; es oro puro, mi querido amigo —añadió el sacerdote, hablando a Julien al oído, y con evidente entusiasmo—. ¡Nada de pacotilla! Le encomiendo que pase revista al ala norte, no se mueva de allí. Yo me quedo con el ala sur y con la nave central. Ojo con los confesionarios; desde ahí es desde donde acechan las espías de los ladrones el momento en que volvemos la espalda.

Estaba acabando de decir esto cuando dieron las doce menos cuarto: en el acto se oyó la campana mayor. Tocaba a todo tocar, y esos sones tan rotundos y solemnes emocionaron a Julien. No tenía ya la imaginación en la tierra.

El aroma del incienso y de los pétalos de rosa que iban echando delante del Santísimo los niños disfrazados de san Juan lo llevó al colmo de la exaltación.



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