Rojo y negro
Rojo y negro En vez de tan sensatas reflexiones, el alma de Julien, exaltada con sonidos tan viriles y tan rotundos, vagaba por los ámbitos de la imaginación. Nunca será ni un buen sacerdote, ni un administrador competente. Las almas que se emocionan asà valen, como mucho, para engendrar un artista. Aquà se revela con meridiana claridad la presunción de Julien. Cincuenta, quizá, de esos seminaristas compañeros suyos, a quienes el odio público y el jacobinismo, que los acusan de estar emboscados detrás de todos los setos, tienen pendientes de las realidades de la vida, al oÃr la campana grande de la catedral solo habrÃan pensado en el salario de los campaneros. HabrÃan calibrado con el talento de Barême[28] si el grado de emoción del público valÃa el dinero que se les daba a los campaneros. Si Julien hubiera pretendido pensar en los intereses materiales de la catedral, su imaginación, sobrepasando el propósito, habrÃa pensado en ahorrarle cuarenta francos a la fábrica y habrÃa dejado perder la ocasión de evitar un gasto de veinticinco céntimos.
Mientras la procesión, con un tiempo espléndido, recorrÃa despacio Besançon y se detenÃa en los resplandecientes Monumentos que todas las autoridades habÃan preparado a más y mejor, la iglesia se habÃa quedado en un hondo silencio. La semioscuridad y un grato frescor reinaban en ella; aún olÃa a flores e incienso.