Rojo y negro

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El silencio, la profunda soledad, el frescor de las largas naves volvían más dulce la ensoñación de Julien. No temía que lo molestase el padre Chas, ocupado en otra parte del edificio. Su alma había abandonado casi la envoltura perecedera y esta recorría con pasos lentos el ala norte, encomendada a su vigilancia. Estaba tanto más descuidado cuanto que se había asegurado de que no quedaban en los confesionarios sino unas cuantas devotas; miraba sin ver.

No obstante casi pudo más que su distracción el aspecto de dos mujeres muy bien vestidas que estaban arrodilladas, una en un confesionario y otra muy cerca de ella, en una silla. Julien miraba sin ver, pero, bien fuera por un inconcreto sentimiento de sus obligaciones, bien porque le causaba admiración el atuendo digno y sencillo de aquellas damas, se fijó en que no había ningún sacerdote en el confesionario. «Es curioso —pensó— que estas señoras tan bien puestas no estén de rodillas ante alguno de los Monumentos, si son piadosas, o en un lugar ventajoso en la primera fila de algún balcón si son mundanas. ¡Qué vestido tan bien cortado! ¡Qué armonía!» Aflojó el paso para intentar verlas.

La que estaba arrodillada ante el confesionario volvió un poco la cabeza al oír el ruido de los pasos de Julien entre tanto silencio. De repente soltó un gritito y le dio un vahído.


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