Rojo y negro
Rojo y negro Al perder las fuerzas esa señora, que estaba de rodillas, cayó hacia atrás; su amiga, que estaba junto a ella, se abalanzó para socorrerla. Al mismo tiempo, Julien le vio los hombros a la señora que se desplomaba hacia atrás. El collar, un trenzado de perlas finas de buen tamaño, que le era muy familiar, le llamó la atención. ¿Qué no sentiría al reconocer la melena de la señora de Rênal? Era ella. La señora que intentaba sostenerle la cabeza e impedir que cayera al suelo del todo era la señora Derville. Julien, fuera de sí, corrió hacia ellas; la señora de Rênal, al caer, podría haber arrastrado a su amiga si Julien no las hubiera sujetado. Vio, flotándole en el hombro, la cabeza de la señora de Rênal pálida, totalmente privada de sentido. Ayudó a la señora Derville a colocar esa cabeza encantadora en el respaldo de una silla de paja; estaba de rodillas.
La señora Derville se volvió y lo reconoció.
—¡Huya, caballero, huya! —le dijo con el tono del más vehemente enfado—. ¡Sobre todo que no lo vuelva a ver! ¡Verlo, desde luego, debe de causarle espanto! ¡Era tan feliz antes de aparecer usted! Su comportamiento es atroz. Huya, aléjese, si le queda algún pundonor.
Lo dijo con tanta autoridad y Julien se sentía tan débil en esos momentos que se alejó. «Siempre me ha odiado», se dijo, pensando en la señora Derville.