Rojo y negro

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En ese mismo instante, retumbó en la iglesia el canto gangoso de los primeros sacerdotes de la procesión; ya volvía. El padre Chas-Bernard llamó varias veces a Julien, quien al principio no lo oyó; fue por fin a tomarlo del brazo detrás de una pilastra tras la que se había refugiado Julien más muerto que vivo. Quería presentárselo al obispo.

—Se encuentra mal, hijo mío —le dijo el sacerdote al verlo tan pálido y casi incapaz de dar un paso—; ha trabajado demasiado.

El sacerdote le dio el brazo:

—Venga a sentarse en el banquito del repartidor de agua bendita, detrás de mí; así yo lo tapo —estaban en ese momento junto a la puerta principal—. Tranquilícese; todavía faltan veinte minutos largos antes de que llegue su ilustrísima. Intente recuperarse; cuando pase, yo lo incorporaré, porque soy fuerte y vigoroso pese a mi edad.

Pero cuando pasó el obispo Julien temblaba tanto que el padre Chas renunció a la idea de presentárselo.

—No se aflija demasiado —le dijo—; ya buscaré otra ocasión.


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