Rojo y negro
Rojo y negro Por la noche, mandó que llevasen a la capilla del seminario diez libras de velas que, a lo que dijo, se habían ahorrado gracias a la diligencia de Julien y la rapidez con que había mandado apagarlas. No era cierto ni por asomo. El pobre muchacho sí que estaba apagado; no se le había ocurrido ni una idea desde que había visto a la señora de Rênal.