Rojo y negro

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A Julien, en un arrebato de agradecimiento, no dejó de ocurrírsele la idea de postrarse de rodillas y dar las gracias a Dios; pero cedió a un impulso más verdadero. Se acercó al padre Pirard, le cogió la mano y se la llevó a los labios.

—¿Qué es esto? —exclamó el director con expresión descontenta; pero los ojos de Julien decían mucho más aún que su gesto.

El padre Pirard lo miró con asombro, como un hombre que, desde hace mucho, ha perdido la costumbre de toparse con emociones exquisitas. Aquella consideración hizo que el director se traicionara; se le alteró la voz.

—¡Pues sí, hijo mío, te he cogido afecto! El cielo sabe que ha sido bien a pesar mío: debería ser justo y ni aborrecer ni querer a nadie. Tu carrera será penosa. Veo en ti algo que ofende al vulgo. Los celos y las calumnias te perseguirán. Te ponga donde te ponga la Providencia, tus compañeros no te verán nunca sino con odio; y si fingen que te quieren será para traicionarte mejor. Ante eso, solo hay un remedio: no cuentes nunca sino con Dios, que te ha dado, para castigarte por tu presunción, esa necesidad de sentirte odiado; que tu comportamiento sea puro; es el único recurso que veo para ti. Si te aferras a la verdad con un abrazo invencible, antes o después tus enemigos se verán confundidos.


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