Rojo y negro

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Hacía tanto que Julien no había oído una voz amiga que hay que disculparle una debilidad; se deshizo en lágrimas. El padre Pirard le abrió los brazos; fue un momento muy dulce para ambos.

Julien estaba loco de alegría; era el primer ascenso que conseguía, tenía unas ventajas inmensas. Para hacerse cargo de ellas hay que haber estado condenado a pasar meses enteros sin un instante de soledad y en contacto directo con compañeros cuando menos inoportunos y las más veces insoportables. Habría bastado con sus gritos para desquiciar una constitución delicada. La alegría ruidosa de esos campesinos bien alimentados y bien vestidos no sabía disfrutar de sí misma ni se creía completa más que cuando gritaban todo lo fuerte que se lo permitían los pulmones.

Ahora, Julien almorzaba solo, o casi, una hora después que los demás seminaristas. Tenía una llave del jardín y podía pasear por él en las horas en que estaba desierto.





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