Rojo y negro

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Para mayor asombro suyo, Julien cayó en la cuenta de que lo odiaban menos; se esperaba, antes bien, que el odio creciera. Aquel deseo secreto de que no le dirigieran la palabra, que resultaba demasiado evidente y le granjeaba tantos enemigos, dejó de ser una señal de altanería ridícula. Desde el punto de vista de las personas zafias que lo rodeaban, fue un sentimiento justificado de su dignidad. El odio mermó de forma sensible, sobre todo entre sus compañeros más jóvenes, convertidos en alumnos suyos y a quienes trataba con mucha cortesía. Poco a poco llegó a tener incluso partidarios; se convirtió en algo de mal tono llamarlo Martín Lutero.

Pero ¿para qué enumerar a sus amigos y a sus enemigos? Todo esto es feo, y tanto más feo cuanto con mayor verdad se describa. Tales son sin embargo los únicos profesores de ética que tiene el pueblo, y ¿qué sería de él sin ellos? ¿Podrá nunca el periódico sustituir al párroco?

Desde que Julien pasó a tener esa nueva dignidad, el director del seminario hizo gala de no hablarle nunca sino en presencia de testigos. Era esta una conducta prudente tanto para el maestro como para el discípulo; pero sobre todo se trataba de una prueba. El principio invariable del severo jansenista Pirard era: ¿te parece que alguien es hombre de mérito? Pon obstáculos a todo cuanto desee, a todo cuanto emprenda. Si ese mérito es real, sabrá derribar o eludir los obstáculos.


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