Rojo y negro
Rojo y negro Era la temporada de la caza. A Fouqué se le ocurrió la idea de mandar al seminario un ciervo y un jabalí de parte de los padres de Julien. Dejaron los animales muertos en el pasadizo entre la cocina y el refectorio. Allí los vieron todos los seminaristas cuando fueron a almorzar. Despertaron mucha curiosidad. El jabalí, muerto y todo, asustaba a los más jóvenes; le tocaban los colmillos. No se habló de otra cosa durante ocho días.
Ese regalo, que colocaba a la familia de Julien en esa parte de la sociedad a la que hay que respetar, fue un golpe mortal para la envidia. Julien adquirió una superioridad que la fortuna avalaba. Chazel y los más distinguidos de los seminaristas se le insinuaron y casi se le habrían quejado por no haberlos avisado de la fortuna de sus padres y haberles hecho así correr el riesgo de faltarle al respeto al dinero.
Llamaron a filas a un reemplazo y Julien quedó exento por ser seminarista. Esta circunstancia lo alteró mucho. «¡Así que ya se me ha pasado para siempre el momento en que, hace veinte años, habría empezado para mí una vida heroica!»
Paseaba a solas por el jardín del seminario cuando oyó la charla de dos albañiles que estaban trabajando en la tapia.
—Pues hay que irse; llaman a otro reemplazo.