Rojo y negro
Rojo y negro Pese a toda la actividad del padre Pirard y aunque el señor de La Mole estuviera siempre en excelentes relaciones con el ministro de Justicia y, sobre todo, con sus oficinas, todo cuanto pudo conseguir, tras seis años de desvelos, fue no perder del todo el pleito.
El marqués, al cartearse continuamente con el padre Pirard por aquel asunto del que ambos estaban siempre pendientes con pasión, acabó por apreciar el tipo de inteligencia del sacerdote. Poco a poco, pese a la gigantesca distancia de sus posiciones sociales, esa correspondencia acabó por adquirir el tono de la amistad. El padre Pirard le decía al marqués que querían obligarlo a presentar la dimisión a fuerza de vejaciones. Con la ira que le causó la estratagema infame que, según él, habían usado para perjudicar a Julien, le refirió la historia al marqués.
Aunque muy rico, este gran señor no era avaro. No había conseguido nunca que el padre Pirard le aceptase ni tan siquiera el reembolso de los gastos de correo que le ocasionaba el pleito. Se le ocurrió la idea de mandarle quinientos francos a su alumno favorito.
El señor de La Mole tuvo a gala escribir de su puño y letra la carta del envío. Y, al hacerlo, se acordó del sacerdote.