Rojo y negro
Rojo y negro Sin sospecharlo, el severo padre Pirard estaba encariñado con aquel seminario poblado de enemigos suyos y al que llevaba quince años dedicando todos sus pensamientos. La carta del señor de La Mole fue para él algo así como la aparición del cirujano que tuviera a su cargo hacerle una operación cruel y necesaria. Que lo destituyeran estaba asegurado. Citó al intendente para tres días después.
Padeció durante cuarenta y ocho horas la fiebre de la incertidumbre. Por fin, escribió al señor de La Mole y compuso para el señor obispo una carta que era una obra maestra de estilo eclesiástico, aunque algo larga. Mucho habría costado dar con frases más irreprochables de las que se desprendiese respeto más sincero. Y, sin embargo, en esa carta, destinada a hacerle pasar un mal rato al padre de Frilair ante su jefe, iban articulados todos los temas merecedores de quejas graves y llegaba hasta los fastidios menudos que, tras haberlos soportado resignadamente durante seis años, obligaban al padre Pirard a dejar la diócesis.
Le robaban la leña de la leñera, le envenenaban al perro, etc.
Al acabar esta carta, mandó que despertasen a Julien, que a las ocho de la tarde estaba ya durmiendo, como todos los demás seminaristas.