Rojo y negro

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—¿Sabe dónde está el obispado? —le dijo en noble estilo latino—. Llévele esta carta a su ilustrísima. No voy a ocultarle que lo envío entre lobos. Sea todo ojos y oídos. No mienta ni por asomo cuando conteste; pero piense que quien le haga las preguntas quizá sintiese auténtica alegría si pudiera perjudicarlo. Me alegro mucho, hijo mío, de poder proporcionarle esta experiencia antes de separarme de usted, pues no voy a callarme que esa carta que lleva es mi dimisión.

Julien se quedó quieto; quería al padre Pirard. Por más que la prudencia le decía: «Cuando se vaya este hombre honrado, el partido del Sagrado Corazón me degradará y, quizá, me expulsará», no conseguía pensar en sí mismo. Su apuro nacía de una frase que quería construir de forma cortés, aunque no creía que en realidad tuviera ingenio para hacerlo.

—¿Qué sucede, amigo mío? ¿No se va?

—Es que dicen, padre —dijo con timidez—, que no ha ahorrado nada durante su prolongada administración. Yo tengo seiscientos francos…

Las lágrimas le impidieron proseguir.

—También de esto quedará anotación —dijo fríamente el director saliente del seminario—. Vaya al obispado; se está haciendo tarde.


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