Rojo y negro
Rojo y negro Quiso el azar que aquella noche estuviera de servicio el padre de Frilair en el salón del obispado, pues su ilustrísima cenaba en la prefectura. Fue, pues, al mismísimo padre de Frilair a quien le entregó la carta; pero no lo conocía.
Julien vio con asombro que aquel sacerdote abría atrevidamente la carta dirigida al obispo. El agraciado rostro del vicario general no tardó en expresar una sorpresa con mezcla de vehemente satisfacción y se volvió aún más solemne. Mientras leía, Julien, a quien le había llamado la atención su buen aspecto, tuvo tiempo de mirarlo detenidamente. Aquel rostro habría sido más solemne sin la extremada sutileza que revelaban algunos de sus rasgos y que habrían llegado incluso a ser muestra de falsedad si el dueño de ese hermoso rostro hubiese dejado de estar pendiente de él por un momento. La nariz, muy prominente, formaba una línea única y perfectamente recta y proporcionaba, por desgracia, a un perfil muy distinguido por lo demás, un parecido irremediable con la fisonomía de un zorro. Por otro lado, aquel sacerdote que parecía tan entretenido con la dimisión del padre Pirard, vestía con una elegancia que agradó mucho a Julien y que nunca le había visto a sacerdote alguno.