Rojo y negro
Rojo y negro Julien no supo hasta más adelante cuál era el peculiar talento del padre de Frilair. Sabía divertir a su obispo, que era un anciano muy agradable, hecho para vivir en París y que consideraba Besançon un destierro. El tal obispo tenía muy mala vista y le gustaba muchísimo el pescado. El padre de Frilair le quitaba las espinas al pescado que le servían a su ilustrísima.
Julien miraba en silencio al sacerdote, que estaba volviendo a leer la dimisión cuando, de pronto, se abrió estruendosamente la puerta. Un lacayo lujosamente ataviado pasó deprisa. A Julien solo le dio tiempo a volverse hacia la puerta; vio a un viejecito que llevaba un pectoral. Se arrodilló: el obispo le dedicó una sonrisa bondadosa y siguió adelante. El sacerdote apuesto lo siguió y Julien se quedó solo en el salón, cuyo esplendor piadoso pudo admirar a sus anchas.
El obispo de Besançon, cuyo probado ingenio había padecido muchas pruebas, aunque las prolongadas penalidades de la emigración no lo habían amortiguado, tenía más de setenta y cinco años y le importaba poquísimo lo que pudiera ocurrir dentro de diez.
—¿Quién es ese seminarista de mirada avispada que me parece haber visto al pasar? —dijo el obispo—. ¿No deben estar los seminaristas en la cama a estas horas según el reglamento que yo he dado?